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Pequeña nota sobre el autismo y la pulsión

Muy a menudo, cuando leemos o escuchamos a psicoanalistas hablar de los autistas -o más recientemente, de los TEA, como si fuera lo mismo- nos encontramos con una serie de términos que utilizamos de la misma manera que en lo que sería la «teoría general»: pulsión, disfrute, objeto, sujeto, los tres registros RSI, o, más allá aún, los nudos. Sería interesante revisar estos conceptos en la clínica particular de los autistas para no cometer errores de principio…

pulsionyautismo

[escrito por Ramon Miralpeix, el 08-03-21]

Muy a menudo, cuando leemos o escuchamos a psicoanalistas hablar de los autistas -o más recientemente, de los TEA, como si fuera lo mismo- nos encontramos con una serie de términos que utilizamos de la misma manera que en lo que sería la «teoría general»: pulsión, disfrute, objeto, sujeto, los tres registros RSI, o, más allá aún, los nudos. Sería interesante revisar estos conceptos en la clínica particular de los autistas para no cometer errores de principio. No sé si seguiré con cada uno de los términos que he nombrado, o si me he dejado alguno en el tintero, pero volver a escuchar la clase inaugural de Colette Soler sobre el Seminario XI en ACCEP, el año 2014, me ha impulsado a empezar por la pulsión.

En primer lugar, porque la «pulsión» es heterogénea al autismo, por lo que «pulsionitzar» la actividad de goce del autista será ya un primer hito en su tratamiento. Acabo de decir «actividad de goce» referida al autista, y ya me veo obligado a aclarar que goce quizás tampoco es el término más apropiado, porque el goce lo referimos habitualmente a un cuerpo constituido, lo que no es el caso .. . pero de momento seguramente nos entendemos cuando decimos «actividad de goce».

Sabemos que la pulsión es efecto del lenguaje, pero no así, en general, sino que es efecto del lenguaje en tanto que una demanda del Otro es articulada en un discurso dirigido específicamente a  este niño concreto. Es decir, no es suficiente que el niño esté inmerso en el mundo de los parlêtres,o sea, en medio de seres que hablan, y por tanto en la bañera de los significantes: es necesario que una demanda que provenga de alguien concreto ( sobre quien recae la función materna) intente metamorfosear una necesidad hasta que deje de serlo, hasta que se opere el corte de la función orgánica y el salto a la pulsión: el primer ejemplo siempre es el que va de la necesidad alimentaria a la pulsión oral. Recuerda Colette Soler que la pulsión es el eco en el cuerpo de que haya un decir.[1]

En la práctica, en la experiencia vital, este corte de la función orgánica y el salto a la pulsión, van de la mano con un recorte sobre el cuerpo de las zonas erógenas, y con la «expulsión»/creación del objeto alrededor del cual el montaje de la pulsión da la vuelta … (o, no será que es el propio montaje de la pulsión lo que coloca el objeto a en el hueco que dibuja?)

Me he saltado un paso, al menos! … y es que el cuerpo se construye, va construyendose lentamente, como una superficie o un tejido contenedor, unificador e identificador a partir de la captura imaginaria en el espejo (en esta captura interviene también la performación de esta superficie a través de la función “real” de frontera, de borde, con el mundo cuando el cuerpo es dibujado por el aire fresco, el agua tibia o demasiado fría, o demasiado caliente, las caricias o los manejos bruscos, los besos … y sobre todo, el envoltorio de palabras dichas). Es sobre este cuerpo en construcción -constituido al mismo tiempo que el sujeto (este que lo es como representado por un significante que lo representa para otro significante) y que el parlêtre (este ser en el que la palabra hace coalescencia con el goce) -, que tiene sentido hablar de pulsión.

Justamente, en la clínica con autistas, nos encontramos con el niño que no dispone de este saco unificador de su imagen, y que no embraga con el lenguaje, de manera que no lo representa un significante para otro significante (por eso la dificultad extrema del uso del pronombre personal), por lo que falta un decir desde donde pueda aparecer la palabra dicha. Y un efecto de este no embrague lo encontramos en la dificultad de generar un sistema pulsional: fijémonos en  las dificultades que tienen los niños autistas más pequeños (y a veces no tan pequeños) alrededor de ordenar de alguna manera la actividad alimentaria, o la actividad de expulsión uretral-anal, o la actividad del dormir (habría una pulsión relativa al dormir?) o el contacto (habrá una pulsión relativa al tacto?), o, «naturalmente» , en la desazón genital …

En el autismo, parece que algo pasa diferentemente. El contacto con el Otro/otro no actúa como catalizador de lo que favorecería lo que conocemos como alienación. Y sin alienación significante no podemos pensar en la producción de la demanda como vehículo para la pulsión.

A veces, aquellos que acompañan al niño autista consiguen, a través del adiestramiento y sin que él tenga ahí gran cosa que decir, que aprenda a comportarse de una manera regulada similar -pero lejos de ser igual–  a cómo la pulsión regula y ordena el goce en los niños no autistas, pero hablar de pulsión en el autismo es un verdadero oxímoron.

[1]     «…las pulsiones, eso es el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir, pero que este decir, para que resuene, para que consuene, para emplear otro término del sinthomadaquin(23), para que consuene, es preciso que el cuerpo sea allí sensible, y que lo en, es un hecho.» Lacan Seminario 23, el Sinthome, clase 1 «El síntoma y el padre», del 18-11-1975

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Etiquetas: , , , Last modified: 11 de marzo de 2021
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